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Vizcarra-Spanish

Buenas noches,

Estar aquí es un honor, que se hace más grande al observar que frente a mí hay personas importantes para el Periodismo en el mundo.

Quiero iniciar dando gracias a Dios, a Sylvia, mi esposa, a la familia Mackler, a Global Media Forum Training Group, la Agencia Francesa de Prensa y Reporteros Sin Fronteras por elegirme como el Periodista merecedor de este premio.

También agradezco a Noroeste, por ser el medio y la familia que me ha arropado en estos últimos años para crecer y seguir escribiendo e investigando de una manera libre. Del mismo modo a Grupo Reforma y la Red de Periodistas de a Pie por permitirme colaborar con ellos sin restricciones.

Hago hincapié en la libertad para hacer periodismo, porque tengo la dicha de ejercerlo, aunque eso tenga sus advertencias y consideraciones importantes en México.

El día que se hizo público el anuncio sobre el premio Peter Mackler por un periodismo ético y valiente fue una combinación de sentimientos. Ese mismo día asesinaron a Cándido Ríos en el pueblo de Covarrubias, en Veracruz, uno de los estados más hostiles para ejercer nuestra profesión en México.

Su cobertura era sobre hechos de seguridad y violencia para el Diario de Acayucan, pero ese mismo día él fue la noticia violenta y la que nos dolió a muchas personas.

No lo conocí, no sabíamos de ambos, pero algo nos conectó: el periodismo y sus riesgos que son intrínsecos en un país como México. Como sucede también con cualquier otra profesión, pues si de algo estoy seguro es que nadie se salva de ser víctima de algún delito.

Hablo de esto porque no puedo negar que en mi País hemos millones de personas que todos los días nos esforzamos por mejorar nuestro entorno, por tener una cultura de paz con dignidad. Pero también hay personas que prefieren, o prefirieron, dejarse corromper en algún momento de su vida, afectando así la vida de los demás.

Las cifras de muertes, desapariciones, secuestros, desplazamiento forzado de personas, robos y lesiones en México indican un panorama triste y poco halagador.

Justo ahí es donde los periodistas en México hemos encontrado un gran nicho de trabajo que nos ha puesto en riesgo. Hacer la cobertura de hechos violentos y la corrupción nos ha dejado expuestos para que nosotros también nos convirtamos en víctimas.

Pero no sólo es eso. Todo ese panorama violento no puede ser visto desde una óptica única de responsabilizar a grupos criminales y organizaciones delictivas, sino que esto pasa porque las administraciones de gobierno no son responsables del trabajo que los mexicanos les hemos dado: cuidarnos.

Hablo de que en mi País tenemos un nivel alto de corrupción en las autoridades, que han permitido que desde cualquier esfera de la sociedad se tenga desconfianza en ellos.

¿Y cómo no tenerla?, me remito de nuevo a sus resultados: hasta el mes de septiembre contabilizaron más de 21 mil personas asesinadas, y sólo en Sinaloa, donde está mi hogar, mi familia, y que un estado de un poco más de 2 millones de habitantes, ya suman más de mil 330 personas que han sido víctimas de asesinatos sólo este año. La mayoría con armas de fuego.

Ni hablar de la cifra de desapariciones forzadas, pues no hay información certera de cuántos casos hay a nivel nacional, pero sé que en Sinaloa, sólo este año, suman ya alrededor de 500 casos de personas que fueron desaparecidas de forma forzada, según datos de la Fiscalía local. Sus familiares acusan a grupos armados, pero también a militares y a policías.

No dejo pasar que la violencia también ha provocado el desplazamiento forzado masivo de personas en distintos estados el País, entre ellos Sinaloa. Son personas que han dejados sus hogares porque fueron víctimas de asesinatos, extorsiones, desapariciones, robos, bloqueos de carreteras, amenazas, violaciones sexuales y secuestros. Contar cada una de esas historias podría aterrar a cualquiera. Son brutales. No existen censos ni cifras confiables, pero puedo asegurar que son miles de personas las que se han desplazado de manera forzada para no volver nunca más a sus hogares. Sé que en Sinaloa en los últimos seis años hay un conteo aproximado de 35 mil personas que vivieron, y viven, esa situación: desplazados.

Para bajar esos índices, los gobiernos nos han planteado que es necesario combatir la delincuencia bajo dos esquemas: un gasto excesivo en armas, camionetas y camiones blindados, helicópteros y aviones no tripulados, bajo contratos costosos y opacos, con justificantes basadas en una necesidad urgente de seguridad.

El otro esquema es el envío de militares a las calles, instalados en las ciudades y los pueblos, con la justificación de tener policías que no sirven, todo ello sin rendir cuenta de sus acciones, pese a que todo eso que hacen, incluyendo a las autoridades civiles, violen los derechos humanos de los ciudadanos. Vivimos aún en un estado similar a una guerra contra grupos criminales, la que el ex Presidente Felipe Calderón Hinojosa comenzó desde 2006 y que hoy, aunque no le llamen así, permanece.

Esas acciones se han agravado en los últimos cinco años, los de Enrique Peña Nieto como Presidente. Durante este tiempo hemos visto cómo los grupos criminales se han multiplicado. Hoy no sabemos cuántos existen, cómo están organizados, quién los lidera en realidad, quién los creó, y sobre todo: por qué existen, pero me atrevo a suponer que es por el alto grado de impunidad y corrupción en las autoridades, pues según datos de la Procuraduría General de la República y las procuradurías o fiscalías estatales, el índice de impunidad promedio es del 94 por ciento, es decir, sólo en 6 de cada 100 asesinatos se tienen personas detenidas y no necesariamente condenadas.

También en estos años ha crecido el consumo de sustancias ilegales, pues México no era un país consumidor como se ha intentado clasificar por las autoridades de mi país y de otros países como Estados Unidos.

Ciertamente, la causa de toda esa violencia no sólo radica en las malas decisiones de los gobiernos mexicanos, sino que también de decisiones de países como Estados Unidos, que han permitido, aunque el discurso sea otro, el tráfico ilegal de sustancias, propiciando la muerte de miles de estadounidenses por sobredosis, y al mismo tiempo el tráfico ilegal de armas que han propiciado el asesinato de miles de mexicanos.

Todo esto, y más, es lo que los periodistas en México estamos tratando de documentar, pero para ser francos, a veces esta cantidad de información nos rebasa, porque cada vez la impunidad y la corrupción son más fuertes y letales.

Por investigar y escribir sobre esos casos nos están matando.

Este año ya son 11 asesinatos en contra de periodistas, y no debo dejar recordar que en la administración de Enrique Peña Nieto ya suman 38 casos, y ninguno de ellos ha sido resuelto. No hay personas detenidas ni encarceladas, según cifras de la organización Artículo 19 en México.

Los 11 casos de este año son un ejemplo muy claro de que en México hacer periodismo es una profesión de alto riesgo, de valientes, de idealistas que buscamos la paz y el bien común. Por eso, en este estrado hago mención de sus hombres, de sus memorias, como homenaje a sus vidas y a su trabajo. Lo hago en exigencia de justicia, porque no nos callarán.

Cecilio Pineda

Ricardo Monlui

Miroslava Breach

Maximino Rodríguez

Javier Valdez Cárdenas

Jonathan Rodríguez Córdoba

Salvador Adame

Edwin Rivera Paz

Luciano Rivera

Cándido Ríos

Edgar Daniel Esqueda

La muerte de ellos no puede quedar impune, como tampoco debe quedar impune ninguno de los casos que son el resultado de los malos gobiernos con políticas públicas estúpidas.

¿Cómo es posible que viviendo en un país tan rico en recursos naturales, vasto en cultura, con un potencial enorme de crecimiento académico y económico, con personas que estamos dispuestas a darlo todo por vivir en paz sigamos viviendo a la expectativa de que nuestros gobernantes tomen buenas o malas decisiones?

No quiero eximir a la sociedad de esto. Hemos periodistas que estamos haciendo periodismo fuerte, responsable, ético, riguroso y riesgoso. Lo hacemos porque creemos en que es necesario hacer un mejor periodismo para tener una sociedad mejor informada. Pero nos han dejado solos.

La sociedad tiene razón en reclamarnos por incurrir en prácticas de corrupción. Muchos periodistas han preferido corromperse y trabajar como máquinas en favor del Estado. Muchos periodistas han preferido la comodidad y dejar de investigar porque les ha resultado beneficioso. Muchos periodistas prefieren repetir los discursos de los gobernantes y los empresarios sin exigirse un poco para comprobar que sea verdad.

Los gobiernos y las empresas en México, los hombres de poder, saben que otra de las formas más letales de callar a la prensa es con dinero, con contratos de publicidad oficial que logran censurar a periodistas capaces. Al buen periodismo. Faltamos entonces a la máxima de Ryszard Kapuscinski: las malas personas no pueden ser buenos periodistas.

La sociedad tiene razón en reclamar por esa corrupción que también existe en los periódicos, los noticieros de televisión y radio, en los sitios web de noticias. Sin embargo, eso no justifica que sea indiferente por los hechos violentos en contra de los buenos periodistas.

Me motivó ver que en Francia aquella vez cuando el atentado en contra de Charly Hebdo, que miles de personas salieron a manifestarse por el derecho a la libertad de expresión.

Lo mismo me motivó cuando leí hace unos días cómo en Malta se organizó la sociedad para salir a manifestarse por el asesinato de Daphne Caruana Galizia, quien fue parte importante en las investigaciones de los Panama Papers.

Son sociedades que claman por la libertad, por la verdad y la justicia.

Pero no puedo hablar lo mismo de México, donde apenas nos reunimos un poco menos de 500 personas para exigir un alto a las agresiones a la prensa.

No puedo hablar igual de la sociedad que permanece inerte cuando les presentamos investigaciones sobre actos de corrupción de los gobiernos y las empresas.

No puedo expresarme igual porque nos han dejado solos y los necesitamos.

Los necesitamos para exigir mejores gobernantes que no justifiquen la corrupción como algo cultural.

Para exigir que se castigue a quienes han atentado contra nuestras familias y nuestra paz.

Para exigir mejores condiciones de vida.

Para exigir el respeto a nuestros derechos civiles.

Porque no podemos seguir con gobernantes soberbios e incapaces, indignos de tener el poder para cambiar las cosas.

Porque necesitamos defendernos de las amenazas de un presidente que prefiere construir muros y deportar a nuestros hermanos que combatir de buena forma el tráfico ilegal de sustancias y armas.

Porque no podemos quedarnos callados ante las injusticias en los pueblos y las ciudades, en contra de mujeres, hombres, jóvenes, niños y niñas.

Porque necesitamos ser mejores ciudadanos y comprender que la guerra no es la vía para lograr la paz.

 

Los periodistas en México necesitamos de la sociedad y la sociedad necesita de los periodistas.

Porque es verdad que esto que hacemos nos hace un blanco fácil para quienes no quieren que se haga buen periodismo, para los que prefieren agredirnos antes de actuar de forma ética y responsable.

Pero cito a Emiliano Zapata: Si no hay justicia para el pueblo, no habrá paz para el Gobierno, por eso repito que a nosotros no nos callarán.

Gracias